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miércoles, 16 de febrero de 2011

Las palabras


... Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen ... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo junto al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las libero... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos del naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando.. Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.


Pablo Neruda

Fragmento de: Confieso que he vivido.

jueves, 28 de octubre de 2010

Un miercoles por la noche


Un miércoles por la noche se varó un taxi frente a mi apartamento. Ya casi era jueves y aun no conseguía dormirme. Escuché, en medio de mi insomnio, como el taxista cerraba la puerta enfurecido y abría el capó para tratar de averiguar el problema, y entonces, invadido por una enorme curiosidad me asomé a la ventana. Se notaba a leguas que el hombre no sabía nada de mecánica porque al poco tiempo de que volviera a sentarse en la silla del coche otro taxista se parqueó delante de él, abrió la cajuela y sacó dos cables muy gruesos, uno azul y otro rojo, y luego de abrir su capó utilizó las tenazas de cobre que estaban colocadas en los extremos de cada cable para conectar su batería con la del carro de su amigo, y encendió su taxi para que la transmisión de energía comenzara.

Todo iba bien hasta ese momento y yo ya había vuelto a mi cama con la firme intención de hallar el sueño, sin importarme si debía rastrearlo a través de campos llenos de ovejas o dentro de nubes de colores con sabor a frambuesa, cuando al poco tiempo de haberme arrebujado con mis cobijas de osos sonrientes, pude escuchar el motor de un taxi que se alejaba, y sonreí porque realmente me alegraba que aquel inexperto taxista hubiera solucionado el inconveniente, pero su mala suerte estaba dispuesta a salpicarme un poco de inconformidad, pues un pitido agudo y estruendoso me hizo perder la cuenta de mis ovejas.

De nuevo me asomé a la ventana y vi que la alarma del taxi se había estropeado debido al fallo inesperado de la batería. ¡Qué diablos!–pensé–¿por qué tenía ese taxista que vararse precisamente frente a mi ventana?. Traté de mantener la calma y de soportar el recalcitrante sonar de una ruidosa bocina que acompañaba al molesto pitido, pero el estrepito era sencillamente intolerable. Así que acerque a la ventana la silla de mi escritorio y tomé una caja de cartón que escondía bajo mi  cama y le sacudí el polvo; al abrirla lo vi, ahí estaba, reluciente como siempre, el rifle con que solía cazar roedores obesos en el páramo y matar golondrinos en el valle. Lo agarré ávidamente, corrí las cortinas para mejorar mi anglo de tiro y abrí la ventana, apoyé el cañón del rifle sobre el borde de la misma y le dispare a la caja de la alarma que sobresalía, roja y diminuta, entre las piezas negras y grasientas del carro, y acallé finalmente el ruido que tanto me inquietaba, y el taxista empezó a mirar para todos lados, buscando a quien le había quitado semejante problema de encima, pero cuando me vio comenzó a señalarme con espanto  y a gritar enérgicamente: ¡Auxilio! ¡Auxilio!. Yo no estaba dispuesto a pasar más tiempo despierto solo porque a ese taxista se le había varado el carro por haber dejado prendidas las luces largo rato mientras tomaba café con almojábana en una panadería del barrio. 

No lo pensé dos veces, halé del gatillo y le di un buen disparo en el centro de la cabeza, disparo que le perforó el cráneo y le desactivó el cerebro en un segundo. Una vez recobrado el silencio habitual cerré la ventana por temor a atrapar un resfrío, corrí las cortinas hacia el otro lado, guardé el rifle en la caja y la puse otra vez bajo mi cama, me arrebujé con mis cobijas de osos sonrientes y terminé de contar en silencio mis ovejas.

sábado, 4 de septiembre de 2010

El canto del gol

El canto del gol se convirtió de pronto en un grito estridente que se extendio velozmente a lo largo de paisajes floridos, de ciudades lúgubres, de playas tropicales, y de pueblos muy alejados del alegre bullicio multitudinario que se combinaba con los tambores y pitos mas estruendosos de todo el país. El manto gris tejido en el cielo azulado por nubarrones cargados de tristeza e impotencia, se desvaneció rápidamente para abrirle paso a la luz rutilante que contagió a la gente con un entusiasmo desaforado y vivo. El alborozo de la gente se juntó con el canto de los pájaros endémicos que celebraban la llegada del estío.
Era un hecho; en el país de la injusticia se había ganado, al fin, una copa del mundo.

Y mientras allí se celebraba entre mares espumosos de cerveza y esplendorosos asados campestres, una hecatombe dolorosa destruía los cimientos de una sociedad que siempre pareció capaz de soportar derrotas de tal magnitud, pero que ahora que tenía que sufrirla se hundía en la tierra infértil del arrepentimiento y se ahogaba en las lagunas hondas del llanto inconsolable.


La delgada línea que separa la cara de la gloria de la cara de la vergüenza, es la accidental alegría de marcar un gol.


jueves, 2 de septiembre de 2010

El Pueblo Mas Cercano

Mi abuelo acostumbraba decir:

"La vida es asombrosamente breve. En mi memoria se ha abreviado tanto que, por ejemplo, no puedo comprender como un joven es capaz de decidirse a montar a caballo para viajar al pueblo mas cercano, sin miedo a que (y esto dejando aparte los accidentes que pueden producirse) el tiempo de su vida no le baste, ni de lejos, para dar cumplimiento a su viaje".



Franz Kafka